Kafka le prohibió a su editor dibujar al insecto de La metamorfosis. Por qué esa orden es la llave de todo el libro.
En octubre de 1915, con La metamorfosis a punto de entrar en imprenta, Kafka se enteró de algo que lo alarmó. El ilustrador que la editorial de Kurt Wolff había elegido para la tapa, Ottomar Starke, quería dibujar al insecto. Kafka le escribió una carta que parece un capricho de autor y es, en realidad, la llave de todo el libro.
«El insecto no debe ser dibujado. Ni siquiera puede mostrárselo desde lejos.»
Y por si quedaba alguna duda, agregó casi rogando: eso no, por favor, eso no. No quería limitar al artista —aclaró—, solo pedía esto desde su conocimiento más hondo del relato.
Vale la pena entender qué estaba defendiendo. La primera línea de La metamorfosis, en alemán, dice que Gregorio Samsa amaneció convertido en un ungeheueres Ungeziefer. Las traducciones lo resuelven como «insecto monstruoso», pero la palabra que Kafka eligió, Ungeziefer, no nombra ninguna especie. Viene del alto alemán medio y designaba, más o menos, a un animal impuro, no apto para el sacrificio. No es una cucaracha ni un escarabajo: es una cosa sucia sin clasificar. En las decenas de páginas que siguen, Kafka nunca dice qué bicho es.
El horror no está en las patas
Ahí está el punto. Si dibujás al insecto, cerrás la pregunta. El lector deja de imaginar y empieza a identificar una especie, a contar patas, a medir antenas. Y el espanto de La metamorfosis nunca estuvo en la anatomía del bicho.
Lo verdaderamente monstruoso del relato es doméstico. La familia Samsa, frente al hijo convertido en alimaña, no huye ni enloquece: se molesta. El problema pasa a ser logístico —quién lo alimenta, quién limpia el cuarto, cómo explican su ausencia en la oficina, de qué van a vivir ahora que Gregorio no trae el sueldo—. Se acostumbran. Esa costumbre, esa manera en que un ser querido se vuelve un estorbo administrable, es lo que hiela. Dibujar la cucaracha habría puesto el horror en el lugar equivocado: en el monstruo, cuando el monstruo es la mesa familiar.
Por eso la tapa que finalmente salió es perfecta en su renuncia. Starke, obediente, no dibujó al insecto: puso a un hombre común, agarrándose la cabeza frente a una puerta abierta, con la oscuridad detrás. El bicho queda del otro lado, fuera de campo. Lo único que vemos es a un ser humano que no puede con lo que hay en la habitación de al lado. Que es, exactamente, de lo que trata el libro.
Nabokov saca la lapicera
La orden de Kafka se cumplió en 1915, pero no era ejecutable para siempre. Décadas después, dando clase en la universidad de Cornell, Vladimir Nabokov leyó el relato con sus alumnos, agarró una lapicera y lo dibujó igual. Dictaminó que Gregorio no era una cucaracha sino un escarabajo grande, de casi un metro, y —detalle marca Nabokov— que bajo el caparazón tenía alas: podría haber volado, si tan solo se hubiera dado cuenta.
Un gran lector desobedeció, y no pasó nada grave. Porque lo que Kafka protegía no era un secreto de dibujo sino algo que ningún lápiz puede tocar. Podés dibujar el escarabajo de Nabokov y colgarlo en la pared; la frase «un insecto monstruoso» sigue sin decirte cuál. El libro aguanta cualquier ilustración porque las palabras dejan la cosa abierta, latiendo. Un dibujo te muestra un bicho. Kafka te dejó a solas con el tuyo.
Un dibujo te muestra un bicho. Kafka te dejó a solas con el tuyo.
Métrica · Homenajes
Homenaje Métrica
Remera Franz Kafka
El homenaje a La metamorfosis. Serigrafía artesanal sobre algodón peinado. Hecha en Argentina.
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