Literatura · Homenaje Métrica

Silvina Ocampo vivió a la sombra de Victoria, Bioy y Borges. En «La furia» (1959) escribió los cuentos más crueles y perfectos de la literatura argentina.

 

En un cuento suyo hay una fiesta de cumpleaños. La homenajeada se llama Adriana, está en una silla, y un fotógrafo la acomoda una y otra vez para el retrato mientras el living se llena de calor y de gente que sonríe. Nadie levanta la voz. Nadie hace nada malo, exactamente. Adriana se va apagando entre pose y pose hasta que, en la última línea, se muere de agotamiento —y la fiesta, más o menos, sigue. El cuento se llama «Las fotografías» y lo escribió una mujer de cara dulce y voz baja a la que durante décadas leímos como un apéndice de otros tres.

Esos tres eran monstruos sagrados. Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1903–1993) fue la menor de una familia enorme, y le tocó crecer y después escribir entre nombres que le tapaban el sol. Su hermana Victoria fundó Sur, la revista que ordenó la alta cultura argentina del siglo. Su marido, Adolfo Bioy Casares, era el novelista de La invención de Morel. Su amigo de todas las noches era Borges. A Silvina la archivaron como la hermana de, la mujer de, la amiga de: tres genitivos que la volvían un satélite.

Era mentira. Silvina no orbitaba esa mesa: la había ayudado a construir. En 1940 armó con Borges y con Bioy la Antología de la literatura fantástica, el libro que le enseñó a leer —y a escribir— lo fantástico a varias generaciones argentinas. Antes de las letras había sido pintora: estudió dibujo en París con Giorgio de Chirico y con Fernand Léger. Ese ojo no la abandonó nunca. Borges, que sabía mirar, notó en su prosa la inmediatez de la imagen visual: sus horrores están siempre bien encuadrados, bien iluminados, quietos como una naturaleza muerta.

 

El cuchillo estaba en la cocina

Mientras Borges construía laberintos de ideas y Bioy relojería de tramas, Silvina hacía algo más incómodo: metía el horror donde nadie lo quería. No en un castillo ni en el infinito, sino en la casa. En el cuarto de los chicos, en la fiesta, en la costurera, en la nena que cuenta una atrocidad con el mismo tono con que pediría la leche. Sus criaturas más terribles son criaturas de verdad: chicas que ejecutan el espanto y después lo relatan sin subir la voz. La crueldad, en Silvina, tiene cara de inocencia, y por eso duele distinto.

Esa exactitud tuvo precio. En 1979, el jurado del Premio Nacional la dejó afuera, y ella contó que la razón había sido que sus cuentos eran «demasiado crueles». Es un veredicto perfecto, aunque quisiera ser una condena: el establishment que no podía ubicarla por debajo de Borges encontró otra manera de no darle el lugar. La acusó de cruel, como si la crueldad fuera un defecto de su literatura y no su asunto central, su manera de decir la verdad sobre las casas y la gente que las habita.

Hay un último detalle que lo dice todo. El libro donde esa crueldad alcanza su punto más alto —La furia y otros cuentos, 1959— iba a llamarse de otro modo. Silvina pensaba titularlo La liebre dorada, por el primer cuento, o En Buenos Aires. Fue Borges quien le recomendó La furia, y ella le hizo caso. Cuesta encontrar una imagen más justa de toda su vida literaria: hasta el nombre de su ira se lo sugirió uno de los tres. Y hay que decir que Borges, esta vez, vio bien: vio lo que ella era cuando nadie más lo veía.

Hoy se la lee distinto. En esa mesa de cuatro —Victoria, Borges, Bioy, Silvina— la mano más firme, la que no temblaba nunca, era la de la hermana menor. Adriana sigue muriéndose en su fiesta, con las velitas encendidas, y nadie levanta la voz. Silvina tampoco la levantó. No le hizo falta.

La crueldad, en Silvina, tiene cara de inocencia, y por eso duele distinto.

Métrica · Homenajes

Homenaje Métrica

Remera Silvina Ocampo

El homenaje a La furia y otros cuentos. Serigrafía artesanal sobre algodón peinado. Hecha en Argentina.

Ver la remera homenaje

Más homenajes

Franz Kafka  ·  Arthur Rimbaud  ·  Herman Melville