Poesía · Homenaje Métrica

Rimbaud reinventó la poesía moderna antes de los veinte y la abandonó para siempre. La historia real, sin leyenda, de Una temporada en el infierno.

 

En 1901, un bibliófilo belga llamado Léon Losseau abrió unas cajas olvidadas en un depósito de la imprenta Poot, en Bruselas. Adentro había 425 ejemplares de un librito de 1873, intactos, sin abrir, esperando desde hacía veintiocho años. Era la primera edición de Una temporada en el infierno, el único libro que Arthur Rimbaud publicó por su cuenta. Lo había mandado a imprimir a los dieciocho, pagó apenas una parte de la cuenta, se llevó unos pocos ejemplares para los amigos y nunca volvió a buscar el resto. Durante décadas se repitió que él mismo había quemado la tirada, despechado. No la quemó: simplemente la dejó ahí y se fue.

Esa es, en una imagen, toda la historia de Rimbaud.

 

Yo es otro

Dos años antes de ese librito, en mayo de 1871, con dieciséis años, le había escrito dos cartas a dos conocidos —una a su ex profesor, otra a un poeta de segunda fila— que hoy se conocen como las Lettres du voyant, las cartas del vidente. Ahí soltó la frase que lo persigue: «Je est un autre», «Yo es otro». Conviene aclararlo porque casi siempre se atribuye mal: no es un verso de Una temporada, es una línea de esas cartas, y es un programa entero. Decía que el yo que habla en el poema no es el yo del que escribe, que la poesía no es confesión sino un mecanismo que se dispara solo. A los dieciséis ya estaba desarmando el romanticismo desde adentro.

Escribió toda su obra entre los quince y los veinte años. Después, nada. La leyenda redondea la cifra en los diecinueve; en rigor siguió un par de años más y se apagó cerca de los veinte. El dato importa menos que el hecho: fue un puñado de años, y no hubo segundo acto.

 

El disparo de Bruselas

En el medio estuvo Paul Verlaine, diez años mayor, casado, arruinándose la vida por él. El 10 de julio de 1873, en una pieza del Hôtel de Courtrai, Verlaine —borracho, desesperado porque Rimbaud quería dejarlo— sacó un revólver que había comprado esa mañana por veintitrés francos y le disparó. La bala le pegó en la muñeca izquierda. La herida fue superficial: Rimbaud vivió dieciocho años más. Pero alcanzó para mandar a Verlaine a la cárcel dos años, no por intento de homicidio, como suele agrandarse la anécdota, sino por «lesiones voluntarias».

Y contra la lectura romántica de siempre, el tiro no lo hizo callar. Ese mismo verano, encerrado, terminó Una temporada en el infierno y la publicó en octubre. Después siguió escribiendo, un par de años más, los poemas en prosa que terminarían juntándose en Iluminaciones. El silencio no fue una reacción a la bala. Vino después, y fue elegido.

 

El silencio

Hacia 1875 dejó de escribir. Para siempre. No hubo manifiesto ni gesto de despedida: simplemente empezó otra vida. Anduvo por media Europa, se alistó y desertó de un ejército colonial, y terminó de comerciante en el Cuerno de África, entre Adén y Harar, comprando y vendiendo café. Y sí, también traficó armas: a fines de los años ochenta montó una caravana de fusiles para venderle a Menelik II, rey de Shoa, un negocio que le salió mal y le dejó bastante menos plata de la que había soñado.

Mientras tanto, en París, sin que él se enterara, lo estaban volviendo célebre. En 1886, Verlaine —el mismo que le había pegado el tiro— gestionó la publicación de Iluminaciones en la revista La Vogue. Rimbaud estaba en África y no vio jamás ese libro. En los círculos literarios lo daban por muerto: se había vuelto un mito a la distancia mientras cargaba sacos de café a miles de kilómetros de su propia obra.

Murió en Marsella el 10 de noviembre de 1891, a los treinta y siete, de un cáncer que empezó en una pierna que le amputaron. Para entonces hacía dieciséis años que no escribía un verso. Los 425 ejemplares seguían en el galpón de Bruselas, esperando a un lector que no había querido volver por ellos.

Reinventó la poesía moderna y renunció a ella a los diecinueve.

Métrica · Homenajes

Homenaje Métrica

Remera Arthur Rimbaud

El homenaje a Una temporada en el infierno. Serigrafía artesanal sobre algodón peinado. Hecha en Argentina.

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